1840 - FOTOHISTORIA - 1940
UN SITIO PARA LA HISTORIA DE LA FOTOGRAFÍA ARGENTINA Y LATINOAMERICANA
TEXTOS CLÁSICOS SOBRE EL DAGUERROTIPO EN EL RIO DE LA PLATA
Periódico "EL CORREO", Montevideo, 4 de marzo de 1840.
Por Florencio Varela
Había atravesado apenas el océano la fama de la prodigiosa invención del
señor Daguerre y empezaba a repetirse su nombre entre el entusiasmo y la
duda, cuando la presencia de su misterioso aparato vino a satisfacer la
curiosidad ansiosa de los que tienen fe en los progresos del espíritu
humano, sin reconocer barreras que la detengan, y a desvanecer las dudas de
las capacidades mezquinas, que midiendo por su marcha perezosa el vuelo del
genio, no ven la naturaleza sino rodeada de impenetrables arcanos, y miran
en cada problema por resolver, un dique fatal, con el bochornoso "nec
plus
ultra", lema que se han apropiado medianías oscuras.
Las imágenes de nuestra catedral, de nuestra humilde casa de
representantes,
de nuestra hermosa bahía, con su bosque de mástiles, sus fábricas
litorales,
de donde lleva el extranjero los productos de nuestra rica ganadería, con
su
cerro proyectado en el fondo del paisaje, enseñoreando modestamente las
fábricas y los mástiles, han sido reproducidas a nuestra vista, sobre el
bruñido metal, preparado por el genio de Daguerre, con una verdad y ur
primor que desafían a! pincel más delicado, al más púlido buril.
Creemos servir a los amantes del arte y las ciencias, haciendo a la vez
historia del descubrimiento, y una exacta descripción del aparato y
operaciones del Sr. Daguerre. Nos servimos para la primera de los datos que
hemos podido consultar en algunos diarios franceses, en uno que otro número
del "Artiste" en el magnífico informe del señor Arago a la Cámara
de
Diputados y en otras piezas contenidas en el interesante folleto que
acompaña al instrumento. Seguiremos en la segunda el testimonio de nuestros
propios sentidos, pues que tuvimos la fortuna de podcr observarlo todo con
minuciosa prolijidad.
Pocos habrán que no conozcan la cámara oscura, preciosa invenci6n del
napolitano Porta, pero ninguno tal vez de cuantos la conocen, a quien no
haya ocurrido la idea de lo interesante que sería poder fijar sus bellas
pero fugaces imágenes sobre el plano que las recibee, poder conservar
aquellos purísimos contornos, aquella inimitable verdad d formas y de
colores, obra misteriosa de la refracción de la luz. Ese deseo, sin
ernbargo
no dio por mucho tiempo ni lugar, siquiera a la esperanza, se tuvo por un
sueño de la imaginación, hasta que vino a ser en nuestros días una realidad
gloriosa.
Sin remontar a la antiguedad, en que el ilustre Arago, ha ido a buscar las
primeras huellas de los esfuerzos humanos "para imprimir por medio de
la
luz'', a lo que se ha dado el nombre de arte fotográfico le seguiremos por
las que aparecen más inmediatas a nosotros.
Hallaremos al terminar el siglo pasado al industrioso e infatigable inglés
Wedgwood, empeñado en hallar el método de copiar por la acción de la luz,
pinturas y grabados, que colocaba sobre telas preparadas con nitrato de
plata, sustancia reconocida largo tiempo antes, como muy sensible a las
impresiones de la luz. Sus esfuerzos aunque infructuosos de base para
adelantos posteriores. Natural era que ocurriese a Wedgwood la idea de fijar
las imágenes de la cámara oscura, pero a pesar de su capacidad y de su
genio, creyó imposible conseguirlo y escribía que "las imágenes
formadas por
medio de la cámara oscura son demasiado débiles para poder producir, en un
tiempo moderado, una impresión visible sobre el nitrato de plata".
Sir Humphrey Davy siguió los pasos de su compatriota Wedgwood, hizo sobre
ellos reconocidos progresos, pero las tintas de las copias que obtuvo
desaparecieron desde que eran expuestas a la luz del sol, cuya acción
ennegrecía totalmente la tela, de modo que solo podía mirarse a la luz de
la
lámpara y aún eso, muy rápidamente.
No se encuentra, después de Sir Humphrey Davy, vestigio alguno de la marcha
de esas investigaciones hasta 1814, a cuya época remontan las del señor
Niepce, propietario francés, aficionadísimo a las ciencias físicas y
compañero después del señor Daguerre.
Dirigíanse sus experiencias a fijar las imágenes de la cámara oscura, pero
más especialmente a copiar grabados, que como Wedgwood y Davy aplicaba
sobre
sustancias sensibles a la luz. Hizo considerables adelantos y venció
dificultades contra las que inútilmente lucharon sus predecesores.
Encontró,
por ejemplo, el medio de hacer que en sus copias correspondiesen
exactamente
las sombras a las sombras, las luces a las luces, las medias tintas a sus
semejantes; lo que jamás consiguió Wedgwood, en cuyas telas la parte
iluminada del grabado resultaba opaca y viceversa. En cuanto a la cámara
oscura, después de repetidos ensayos infructuosos Niepce concluyó por
renunciar, enteramente, a las esperanzas de fijar sus imágenes.
He aquí los principales inconvenientes de su método, referidos por el senor
Arago: "las preparaciones de que usaba, no se ennegrecían bastante
pronto
por la acción luminosa: necesitaba 10 a 12 horas para producir un dibujo
pero en ese largo intervalo de tiempo las sombras se mudaban completamente;
pasaban de derecha a izquierda los objetos; ese movimiento donde quiera que
tenca lugar, ocasionaba tintas muertas y uniformes; en los productos de un
método tan vicioso, se perdían los efectos todos que resultan de los
contrastes de luz y de sombra; ninguna seguridad había de éxito,ni aun con
esos inmensos inconvenientes y después de esas infinitas precauciones,
causas inapreciables y fortuitas daban a veces un resultado regular, a
veces una imágen incompleta o sembrada de claros y por fin expuesta a los
rayos del sol, las preparaciones en que se pintaba, o se ennegrecía o se
dividían y descascaraban".
Tal era el punto a que había llegado el señor Niepce, cuando la
indiscreción
de un óptico de París le reveló, en 1826, que Daguerre se ocupaba en hallar
los medios de fijar las imágenes de la cámara oscura. Entabló entonces
relaciones con éste, que produjeron tres años después un contrato entre
ambos, por el que convinieron en continuar juntos sus investigaciones en
provecho común.
Empezó Daguerre, por hacer modificaciones en el sistema inventado por su
socio que éste, había dado el nombre de heliografía, arte de grabar por el
sol, en una memoria que pasó a aquél, en diciembre de 1829. Pero
desesperanzado después, de obtener, por ese sistema, los resultados que
buscaba, abandonó Daguerre las huellas ajenas, para lanzarse en otras
nuevas
que le mostraba su genio tenazmente observador.
Serviase el señor Niepce, para preparar la superficie destinada a recibir
la
impresión luminosa, de una composición de asfalto y aceite de alhucema, la
que Dagijérre, trocó por el iodo, proponiendo a su socio que trabajase más
bien sobre esta sustancia. Es muy de notar, que Niepce jamás comprendió el
partido que de ella podía sacarse, y tanto que concluyó en decir a
Daguerre,
en una carta que circula impresa que creía imposible obtener nada del iodo
y
que sentía el tiempo que con él había perdido.
No logró el infatigable Niepce ver el éxito de sus laboriosas tareas, y
muerto en julio de 1833, continuó las suyas Daguerre, por medio de una
prolija serie de experiencias, en las que, marchando casi sin el auxilio de
las teorías físicas, necesitaba espiar a la naturaleza, adivinar las
afinidades, sorprenderlas por sus mas leves apariencias, hasta llegar así á
un resultado que poco antes se creía irrealizable. El plano destinado por
él
para recibir la imagen, es una laminilla de cobre con un ligero baño de
plata, cuya superficie cuidadosamente bruñida, presenta la apariencia de un
espejo. Su espesor no pasa del de una tarjeta gruesa ni debe ser más que el
que baste a conservar la planimetría de la lámina. Las experiencias del
señor Daguerre le convencieron de que el cobre plateado es muy preferible a
la plata sola, circunstancia que a juicio del señor Arago prueba que la
electricidad entra para algo en el misterioso resultado.
Hemos ya dicho que el iodo es la substancia empleada por el señor Daguerre
para preparar aquella lámina, su aplicación es la forma del vapor que
despide a la simple temperatura dcl ambiente. En sus primeras experiencias
notaba el ingenioso físico que el vapor concurría mucho más a las orillas o
bordes de la lámina que al resto de su superficie. ¿Cómo evitarlo? ¿Que
teoría podría indicar el medio? Ninguna. Daguerre sin embargo encuentra que
todo mal se remedia con solo aplicar a los bordes de la lamina unas
varillas
de su propio metal, como de dos líneas de ancho que sirven tambien para
sujetarla contra la tabla en que se coloca. "No se sabe todavía
explicar
satisfactoriamente -dice el señor Arago- el modo físico de acción de esas
varillas". Y cuando Arago no puede explicarlo, menos lo podremos
nosotros y
confesamos francamente que al ver aquéllas creímos que no tenían más objeto
que sujetar la lámina.
El señor Dumas, químico renombrado de la Francia ha medido el espesor de
aquel baño de vapor de iodo y ha encontrado ser la millonésima parte de un
milímetro.
Pero aun falta otra serie de observaciones y trabajos. Al salir de la mina
de la cámara oscura, tenía indudablemente impresa la imagen del objeto
exterior. Pero a más de ser apenas perceptible, desaparecería fácilmente,
expuesta la luz, ennegrecía toda la superficie bañada de iodo. Era pues,
necesario otro reactivo, otra fuerza que tuviese poder de sacar esa nueva
creación del caos que la envolvía, y de decirle: muéstrate a la luz que te
engendró.
Tampoco podían esta vez las teorías de la ciencia alumbrar caminos tan
desconocidos. No importa Daguerre, que hizo creer realidades las ilusiones
ópticas del diorama, Daguerre que forzó la luz a engendrar imágenes sobre
una hojuela de metal, será parte también a hacer que esas imágenes
aparezcan
en toda su gala. Al cabo de algunas experiencias encontró en efecto el
reactivo que buscaba en el vapor del rnercurio desprendido a una
temperatura
de 60 grados Reaumur.
Pero aún faltaba más. La naturaleza reunía todos sus misterios en el
gabinete del operador, para darle la gloria de sorprenderlos todos, uno a
uno. La imagen aparecía con el vapor del mercurio, pero no presentaba su
verdadero punto de vista, sino colocando la lámina en un ángulo de 45º,
sobre la horizontal. ¿Y por qué semejante fenómeno? Arcano es ese,
reservado
al que hasta ahora nos oculta el secreto del magnetismo, de la gravitación,
de las atracciones. El obstáculo era leve, por una operación parecida a la
del inmortal navegante genovés, cuando se ofreció a sus ojos el fenómeno
aterrador de la variación de la brújula. Daguerre aumentó los 45º a la
inclinación de la lámina en el baño de mercurio y la vió entonces aparecer
en toda su perfección.
Tal es la historia del descubrimiento que a mediados del año anterior
distrajo a la Francia y a la Europa de las atenciones políticas que la
absorbían. El nombre de Daguerre hizo olvidar muchas veces al de Abel-el
Kador, y las cuestiones de óptica suplantaron las de la política de
Oriente.
Soberanos europeos se apresuraron según el testimonio del ministro
Duchatel,
a ofrecer a Daguerre sumas considerables en cambio de su secreto. Pero
Daguerre era francés y no podía despojar a la Francia de este bello laurel
de su corona científica. Un contrato entre el gobierno y el inventor
sancionado por las cámaras en los meses de julio y agosto, hizo propiedad
de
la Francia y del mundo el valioso secreto, mediante una pensión vitalicia
de
5.000 francos anuales para Daguerre y otra de 4.000 para el hijo de Niepce,
cuya mitad pasará a sus viudas, muertos ellos. La cantidad de esa pensión
fue determinada por el mismo Daguerre y no es cierto en manera alguna que
el
ministerio hubise regateado como entonces se le reprochó El testimonio del
señor Arago, agente entre el ministerio y el artista, no deja. dudas sobre
el particular. La diferencia de 2.000 francos en favor de Daguerre, se
funda
en que este cedió también el secreto del Diorama, que él solo poseía y se
ofreció a publicar todas las mejoras que hiciese sobre el daguerrotipo. A
más que el hijo del señor Niepce reconoció, en un contrato solemne, que el
metodo de Daguerre era puramente suyo y "dotado de la ventaja de
producir
las imágenes, sesenta u ochenta veces más pronto que las operaciones de su
padre"
Completaremos ahora nuestro articulo con la descipción del aparato y de los
pormenores todos de la operación, según hemos examinado y seguido en las
diversas veces que le hemos visto operar, manejado por el señor abate
Compte, capellán de la fragata francesa ''L'Orientale".
Debemos a este joven ilustrado, modesto, multitud de explicaciones
minuciosas e interesantes, hechas con tanta exactitud como complacencia y
nos felicitamos de poder darle este público testimonio de gratitud.
Sus primeras operaciones se hicieron en la casa de la Sra. Da. Josefa A. de
Cavillon en la mañana del 26 del pasado y las posteriores, el 29 en la casa
de representantes y en la del Sr. D. Santiago Vazquez. En ambas ocasiones,
un número no corto de damas y caballeros concurrieron a admirar los
triunfos
de Daguerre sobre los arcanos de la naturaleza.
Conviene advertir que el aparato que hemos visto salió de Francia en
setiembre del año anterior, un mes apenas después de la publicación del
descubrimiento. De entonces acá ha recibido mejoras considerables que solo
conocemos por informes.
Cinco son las operaciones indispensables para obtener la reproducción de
las
imágenes, sencillas todas y muy fAáciles de ejecutar por cualquier persona
medianamente prolija.
1) Limpiar y pulir la lámina plateada, para disponerla a recibir
el vapor de iodo.
2) Aplicarle esta sustancia, para que reciba la imagen.
3) Exponer la lámina preparada a la acción de la luz en la cámara
oscura.
4) Hacer aparecer la imagen producida, que al salir de la cámara
es todavía invisible.
5) Lavar la lámina de los residuos de las sustancias empleadas.
Para la primera operación, se coloca la plancha en una mesa u otro plano
bien nivelado y sobre un papel blanco; por medio de una bolsita de gasa
transparente, se espolvorea la superficie plateada, con polvos de piedra
pómez pasada por tamices finísimos y que no deben contener la menor
humedad.
Tómase luego un algodón, prolijamente desmotado sin cuerpo ninguno duro,
capaz de rayar la lámina; se humedece con aceite común de olivar;. con él y
los polvos, se frota suavemente moviendo la mano en circulitos pequeños. Al
cabo de 5 o 6 minutos, se arroja el algodón con aceite, vuelve a
espolvorearse la lámina con la piedra y continúa frotándose con un nuevo
algodón enteramente seco, hasta que no se advierta, en la superficie, señal
alguna de humedad del aceite.
Para depurarla entonces de toda sustancia grasa u oleosa, se humedece un
nuevo algodón en una solución de una pasta (en volumen) de ácido nítrico en
dieciseis de agua pura, y se frota nuevamente, cuidando siempre de hacerlo
con suavidad y en movimiento circular. Esta circunstancia por vana que
parezca, es esencial para lograr exito, en el concepto del señor Daguerre.
Cuando la humedad del ácido ha desaparecido a la vista, se cambia el
algodón, se espolvorea la lámina con la piedra y se frota con otro
enteramente seco. El uso del aceite no vuelve a parecer, pero el ácido
nítrico y el de los polvos de piedra pómez se repite, del modo indicado:
tres, cuatro u más veces según parezca más o menos necesario.
Durante toda esta operación, es indispensable mudar a cada momento el
algodón y varias veces el papel blanco que está bajo la plancha y que se
ensucia mucho, con las partículas metálicas que de aquella se desprenden.
Ni. basta eso para purificar debidamente una superficie destinada a recibir
tan puras y delicadas impresiones y, si no temiéramos que nos llamasen por
un apodo de moda, diríamos que necesita todavía pasar por la prueba de
fuego. Es, con efecto, necesaria la acción de este poderosísimo elemento.
Se
coloca la lámina sobre un marco, o parrillita de alambre y se pone al
fuego,
sin tocarle con la cara pulida hacia arriba; bien sea valiéndose de la
llama
de una lámpara, bien de las brasas del carbón siendo estas muy preferibles;
y así lo hemos visto ejecutar.
Se deja la lámina al fuego hasta que aparezca sobre la superficie bruñida
una ligera nubecilla blanca, que se extiende muy visiblemente por toda
ella.
Entonces se saca y se pone a enfriar, siendo conveniente para abreviar la
operación, colocarla en una mesa de mármol u otro cuerpo frío y plano.
Enseguida es indispensable repetir, al menos por tres veces las frotaciones
con ácido nítrico y con polvos secos. Toda esta operación puede hacer
algunas horas antes de empezar la del baño de iodo; pero es absoluta
necesidad dar una frotación de ácido y también de polvos inmediatamente
antes de empezar aquella segunda operación.
Se ha visto, pues, que la primera aunque larga, nada tiene de difícil;
mucho
menos, cuando el aparato viene provisto de todas las sustancias que por
otra
parte, se encuentran.fácilmente de venta. Se nos asegura que, en la
actualidad se ha simplificado tanto ese metodo de pulir la lámina aplicando
otras sustancias que, la operación se practica en ocho o diez minutos,
cuando la que nosotros presenciamos requerían una hora por lo menos.
Bruñida así la plancha se la coloca en una tablita de madera, algo más grande
que
aquella, a la que se sujeta por medio de las varillas metálicas y planas,
de
que antes hablamos, que se clavan con brocas muy pequeñas y que queda
enteramente pronta para la segunda operación que consiste en darla al vapor
de iodo.
El aparato destinado a tal efecto es una caja de madera, de figura cúbica,
o
cuadrado por fuera; pero que tiene interiormente la forma de una pirámide
truncada con la base hacia arriba. Esta base que forma la boca de la caja
es
de las mismas dimensiones que la tablilla en que está colocada la lámina.
En
el fondo hay una cápsula o platillo de madera, donde se pone un poco de
iodo, cuidando de esparcirle por toda la capacidad de la cápsula;esta
última
se cubre con una gasilla muy clara sujeta con un aro de alambre. Tienen por
objeto estas precauciones hacer que el vapor de iodo se esparza con
igualdad; pues de otro modo se adheriría más a unos puntos que a otros.
Ajústase, pues la lámina a la boca de la caja, se cierra esta suavemente y
no es necesario ayudar la evaporación aumentando calor ninguno, pues basta
el del ambiente para que se efectúe.
Fácilmente se concibe que siendo este baño de iodo el que dispone la lamina
a recibir la impresión luminosa es absolutamente indispensable desde que la
operación comienza, que la pieza en que se ejecuta, quede oscura
conservando; sin embargo, una vislumbre, que basta para distinguir los
objetos.
Ninguna duración ha podido fijarse a este baño. Es más o menos largo, segun
la temperatura del ambiente y según que la caja haya servido más o menos:
el
mayor calor determina más pronto la evaporación y la caja impregnada de
vapor, por operaciones anteriores, lo despide ella misma y acelera el
resultado. Nosotros hemos visto que diez minutos bastaron, en una ocasión,
y
ocho en otra, para completarle.
Un hecho, sin embargo, guía al operador. El vapor del iodo, tiñe la
superficie plateada de un color más o menos obscuro, según la intensidad de
aquel. Es preciso, pues, sacar varias veces la lámina, mirar su estado a la
vislumbre y retirarla cuando aparezca enteramente dorada. El baño demasiado
largo le daría un color violado y la inutilizaría, ennegreciendo la acción
de la luz la superficie toda. Si por el contrario, es demasiado corto, la
imagen se pintaría con tintes muy débiles.
Concluido el zahumerio, es necesario precaver la lámina de la luz, al
llevarla a la cámara oscura; y para ello se coloca en un ingenioso aparato
que no es fácil de describir y que a nada se parece más, que a una especie
de cartera de madera, que se abre y cierre por medio de un resorte, dentro
de la cual queda la plancha enteramente escondida.
Se trata entonces de la tercera operación, es decir, de exponer aquella a
recibir la acción de la luz de la cámara oscura. Es inútil describir este
aparato, todos le conocen. Se coloca del modo conveniente para recibir la
imágen, moviendo hasta encontrar el foco verdadero, la parte corrediza del
aparato; una vez hallado se fija ésta por medio de un tornillo; se cubre
entonces la lente; se quita el vidrio y el espejo que forman la pared
opuesta de la cámara en la que se pinta la imagen; se adapta en su lugar,
la
cartera que encierra la lámina; se abre después interiormente por medio de
los resortes; descúbrese la lente y queda expuesta la supericie preparada a
la acción de la luz que va a crear esa imagen milagrosa fijando en un plano
sus reflejos fugaces e impalpables.
Tampoco hay tiempo señalado para esta misteriosa incubación; depende de su
término de la mayor o menor intensidad de sol; lo que fácilmente se
concibe,
siendo la luz el agente único que ha de grabar el objeto. Para la primera
operación a que asistimos, con un sol claro a las 11 de la mañana, bastaron
apenas 6 minutos; pero se necesitaron 15 para la segunda ejecutada a las 2
de la tarde, bajo un cielo nebuloso.
Inútil parece advertir que los objetos copiados deben ser o estar inmóviles
durante la operación; pues de otro modo, los rayos luminosos, siguiendo los
movimientos del cuerpo, no tendrían tiempo de imprimirse jamás. En una de
las bellas vistas de nuestra catedral, que vimos tomar el día 29, apareció
perfectamente dibujada una carreta parada en un ángulo de la plaza, pero
sus
bueyes quedaron apenas bosquejados a causa del movimiento.
Es necesario no dejar la lámina expuesta demasiado tiempo, porque la acción
continuada de la luz la ennegrecería toda y se perdería el efecto. Cuando
se
considera que ha pasado el tiempo conveniente, se cubre la lente de nuevo;
se cierra por medio del resorte, la cartera que guarda la plancha; y se
saca
de la cámara, para que reciba el baño de vapor mercurial que ha de hacer
aparecer la imagen, invisible todavía.
Se ejecuta esta cuarta operación, en una caja de madera parecida a la del
iodo, pero sostenida en tres pies, que la eleva más que aquella, como que
es
necesario colocar debajo, una lámpara encendida. Hay en el fondo de la caja
una capsula de metal y dentro de ésta, el globo del termómetro, cuyo tubo
sale, penetrando la madera, a la parte exterior de la caja, donde está
marcada la escala.
Por medio de un largo embudo de cristal, se echa mercurio. en la cápsula,
hasta que cubre enteramente el globo del termómetro. Se oscurece como antes
la pieza, se saca la lámina de la cartera, se ajusta en una tablita
destinada al efecto y se la coloca en 45 grados de inclinación en la boca
de
la caja que se cierra muy suavemente. Enciéndese entonces, la cápsula, una
lamparilla con espíritu de vino; a su propia luz, se observa la ascensión
gradual del termómetro y cuando ha llegado a 60 Reaumur, se apaga aquélla y
se deja la lámina expuesta al vapor, hasta que el termómetro ha vuelto a
bajar a 45º.
La operación entonces está concluida; se ilumina la pieza y se saca
confiadamente la lámina que ofrece ya en toda su fuerza la imagen recibida.
Nada más queda ya por hacer sino dar al recién creado un bautismo que le
purifique y borre las impurezas de las materias que concurrían a su
creación.
Hay para el efecto, las fuentes cuadrangulares, algo mayores que la lámina
y
de una pulgada de profundidad. Echase en la una, hasta llegar a su mitad,
agua natural más qúe tibia y en la otra una porción de hiposulfito de soda,
que baste a cubrir la lámina. Esta sustancia puede ser suplida por una
disolución de sal común, en agua natural. Se sumerge primero, rápidamente,
la lámina en el agua tibia y se pasa luego el hiposulfito, agitando la
fuente para que el líquido corra por sobre aquella; en pocos segundos
desaparece de la superficie bruñida el viso amarilloso del iodo y entonces
se pone otra vez la plancha en el agua tibia agitando la fuente; se saca
luego, se deja secar al aire y a la sombra, colocándola de modo que el agua
escurra siempre; pues detenida, las partículas salinas mancharían el metal.
Nada más queda que hacer. La imagen aparece como grabada en negro, sobre la
superficie de un espejo. Las condiciones todas de la perspectiva lineal y
aérea, la exactitud más minuciosa en los pormenores, la más imperceptible
degradación en las sombras y en las tintas, no perjudican al efecto general
ni obstan en nada, según la expresión del famoso P. Delaroche, a la
tranquilidad de las masas, Fácilmente se concibe que haciéndose la
reducción
de la escala por medios naturales la copia debe reproducir los mínimos
accidentes ópticos y lineales del original. Así que se pintan a veces
algunos objetos perceptibles tan solo con el auxilio de la lente.
Es indispensable precaver el dibujo de toda fricción o rozamiento
pues se borraría con mucha facilidad. El químico Dumas ha
inventado un. barniz compuesto de una disolución, hirviendo, dc
una parte de ''dextrina" en cinco de agua, que evita aquel
inconveniente, pero aún se ignora, si esta composición alterará a
la larga, las sustancias mercuriales de que se compone la imagen.
A muchas personas hemos oido poner en dudas las aplicaciones de
este magnifico descubrimiento a las artes ya las ciencIas y creen
que ninguna podrá hacerse proporcionada a la importancia que se da
a la invención. Iguales dudas ocurrieron en la Francia, desde el
momento en que se publicó el gran secreto; el señor Arago las
desvaneció todas, en su sabio informe a la cámara y nosotros no
haremos más que expresar aquí los juicios de aquel hombre
eminente.
Empezando por el arte de la pintura, aquel sabio no hizo más que
leer en la Cámara de Diputados, las palabras de Pablo Delaroche en
una carta que le dirigió: "El descubrimiento del señor Daguerre
-dice el insigne- lleva a tal punto la perfección de ciertas
condiciones esenciales al arte, que vendrá a ser un objeto de
observaciones y de estudios, aun para los pintores más hábiles. La
corrección de líneas y la precisión de las formas, es tan completa
como parece serlo, en los dibujos del señor Daguerre y se conocen
en ellos al mismo tiempo, un modelo vasto, enérgico y un conjunto
tan rico en tonos como en efectos. En resumen, el admirable
descubrimiento del señor Daguerre es un inmenso servicio hecho a
las artes''.
No son menos importantes los que de él recibirán las ciencias, según los
preveía, desde el momento de la invención, el genio profundo del señor
Arago. Ya sea la historia y la confusa teogonía de los Egipcios, en los
innumerables jeroglíficos de sus monumentos, que no pudo copiar el lápiz de
los artistas que acompañaron al hombre portentoso, en su poética campaña y
que el daguerrotipo reproducirá con fidelidad escrupulosa. Ya contemple a
la
geometría midiendo la elevación de los más inaccesibles monumentos, por
medio de las rigurosas proporciones matemáticas, que da aquel instrumento a
sus dibujos. Ya, por fin, convergiendo sus miradas a la esfera que tantas
veces recorrieron, el señor Arago, confía en que el sublime descubrimiento,
ofrecerá nuevos medios de medir las distancias de los astros, por la
intensidad de las luces, pues ya está reconocido que la preparación del
señor Daguerre, es sensible a los rayos luminares de la noche.
Una sola reflexión añadiremos nosotros. Póngase en manos del hombre, un
instrumento nuevo, un medio de acción no conocido antes. ¿Y quién se atreve
a señalar los límites a que el genio extenderá su aplicación?
Ya el daguerrotipo mismo, ha recibido importantes mejoras, pero sobre todo,
ha dado origen a un descubrimiento nuevo, que ensancha inmensamente la
utilidad de su invención: tal es el de transladar al papel la imagen que
engendró sobre metal.
"Cuando os decíamos a propósito del daguerrotipo -dice L'Artiste del
29 de
setiembre- que vendrá tiempo que este bello instrumento daría al grabado
exacto de la miagen que reproduce, no creíamos hallarnos tan cerca de la
verdad. Pero he aquí que un joven y sabio doctor en medicina, el señor
Alfredo Donné, ha reproducido sobre papel muchas copias de este nuevo
grabado, que completa más allá de cuanto pudiera decirse, la invención del
señor Daguerre. Tenemos a la vista los primeros grabados que ha obtenido el
señor Donné y aunque todavía no alcanza toda la perfección y pureza del
dibujo primitivo es preciso reconocer que el nuevo descubrimiento está en
excelente camino''.
Esto sucedía un mes apenas después de publicada la invención de Daguerre,
la
del señor Donné habrá ya sido mejorada; del papel pasarán las imágenes a la
piedra, tal vez ésta las reciba directamente del metal y entonces... la
imaginación se pierde en la cadena de resultados tan inmensos. A donde
ellos
alcancen, alcanzará también el nombre de Daguerre derramando nuevo
esplendor
en los brillantes anales del arte y de la ciencia.
Publicado en el Correo, Montevideo 4 de marzo de 1840