FOTOHISTORIA

UN SITIO PARA LA HISTORIA DE LA FOTOGRAFÍA ARGENTINA Y LATINOAMERICANA

JULIO 2009

 

 

EL CONTRATO NIÉPCE-DAGUERRE EN TORNO A LOS ORÍGENES DE LA FOTOGRAFÍA Y SU REDESCUBRIMIENTO EN LA ARGENTINA

 

Roberto A. Ferrari y Diego Medan

 

 

                                   

Joseph N. Niépce  L-J.M.Daguerre     François Arago

 

 

                            

                                Pedro N. Arata

 

La fotografía –algo distinta a como la conocemos hoy día- nació oficialmente el 19 de agosto de 1839. Estamos a 170 años de su invención.

Por una serie de hechos fortuitos, los documentos fundacionales de la asociación entre dos investigadores franceses para lograr fijar la imagen en forma permanente no se conservan en Francia. Los investigadores eran Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833) y  Louis-Jacques Mandé Daguerre (1787-1851). Un juego de documentos fue a dar a Rusia y el otro juego llegó a la Argentina en 1890, gracias a la visión del doctor Pedro N. Arata (1849-1922).

Esta historia trata sobre esos documentos y su actual reaparición pública.

 

Los orígenes de la fotografía

Desde el uso de la cámara oscura en el Renacimiento, se realizaron innumerables intentos por fijar en forma permanente la imagen que se obtiene en su plano focal.

En Francia, en una modesta localidad de provincia, a comienzos del siglo XIX, el inventor Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833) experimentaba denodadamente, logrando, luego de exposición de horas, transferir a una plancha de zinc imágenes estáticas, como reproducciones de grabados o vistas de su casa de campo. Entintando la plancha, reproducía la imagen, y a estas reproducciones las denominó heliografías.

En París, el empresario Louis Jacques Mandé Daguerre (1787-1851) realizaba funciones públicas con un escenario especialmente preparado, el Diorama. También él, independientemente, experimentaba con cámaras oscuras con el objeto de fijar las imágenes.

El óptico parisino Charles Chevallier recibía los pedidos de estos dos clientes: Niépce, quien vivía en Châlon-Sur-Saône y Daguerre, que residía en París.  Daguerre se enteró en lo del óptico que otra persona investigaba en el mismo tema y decidió entrar en contacto con él, proponiéndole aunar esfuerzos.

La relación entre Niépce y Daguerre comenzó en 1827, a través de intercambios epistolares. Posteriormente, Daguerre visitó al sabio y en 1829 firmaron un borrador de contrato. Estuvo rodeado de preámbulos y demoras, pero una vez concretado la sociedad duró años, aunque a la muerte de Niépce, el ansiado invento todavía no había rendido frutos alentadores.

Recién en 1839 Daguerre divulgó los resultados de sus experimentos ejecutados luego de la muerte del socio y que lo llevaron a la realización y difusión del proceso del daguerrotipo.

El invento fue negociado con el gobierno de Francia de modo de hacerlo público a cambio de pensiones vitalicias para Daguerre y el hijo de Niépce, Isidoro, lo que permitió que el daguerrotipo se expandiese rápidamente por todo el mundo. Otros procesos, más modernos y más parecidos al modelo de “negativo-positivo”, quedaron rezagados por un par de décadas.

El científico François Arago fue una figura vital en la concreción de ese acuerdo y en la presentación y difusión del invento el 19 de agosto de 1839, en las Academias de Ciencias y de Bellas Artes de París.

 

El daguerrotipo

Este proceso de registro de imagen fotográfica permite obtener un positivo único. Se pule a espejo una fina película de plata depositada sobre una plancha de cobre. Esa superficie especular de plata se expone a los vapores de iodo y bromo, de modo que se forman en la superficie originalmente de plata, sales halógenas de plata (bromuro y yoduro de plata). En ese momento se posee la placa sensibilizada, que ha perdido el brillo argénteo y adquiere una tonalidad entre anaranjada y verdosa, según la proporción y tiempo de los vapores halógenos.

Colocada en el plano focal de una cámara oscura, está lista para ser expuesta. La exposición se realiza abriendo el obturador de la cámara durante un tiempo que dependerá del nivel de luminosidad ambiente y de la sensibilidad de la placa. Estos aspectos fueron muy variables y fuente de mucha confusión en los inicios del empleo del proceso. Cada daguerrotipista –por prueba y error- llegaba a definir los parámetros que necesitaba para lograr una imagen adecuada.

Luego de expuesta, la plancha no mostraba cambio alguno, pero en realidad atesoraba ya la imagen latente.

Para revelar la imagen, se exponía a la acción del vapor de mercurio. En segundos se veía aparecer la imagen con infinidad de detalles. Esta imagen era de una fragilidad extrema; se la ha comparado a la superficie de las alas de las mariposas, que al tocarlas se deterioran.

Esto llevó a que se preservaran las imágenes bajo vidrio, sellados herméticamente, desarrollándose joyas, estuches y marcos.

 

 

 

Arata y sus pasiones

Médico por estudios y químico por vocación, Pedro Narciso Arata ( 1849 -1922 ) alternó la investigación, los cargos públicos y la docencia.

De familia de fortuna, se formó en Europa y en Buenos Aires. Ocupó diversos cargos públicos, como la dirección de la Oficina Química Municipal, el Departamento Nacional de Higiene, la Comisaría de Patentes, fue Director general de Agricultura y presidió el Consejo Nacional de Educación.

 Al mismo tiempo, desarrollaba una actividad bastante común entre los intelectuales de la generación del 80, que se continuaría por décadas en la Argentina: la bibliofilia.

Atesoró libros antiguos, que compraba localmente y también en Europa, a través de una red de proveedores. A fines del siglo XIX su colección era la más importante en ciencias en el Río de la Plata y seguía acrecentándola.

El ex-libris de Arata anuncia su pasión, al reproducir la frase de Juliano el apóstata (ca. 360 DC):

 

“Hay quienes aman a los caballos, a las aves, a las fieras; la mía es una verdadera e infantil fascinación y deseo insaciable por adquirir y poseer libros”

 

No sólo buscó libros de ciencias, sino que su gusto lo llevó a diversas áreas de la cultura universal.

Otras de sus pasiones, vinculadas con el papel y los medios gráficos, fueron la filatelia y la práctica de la fotografía.

 

                                     

 

 

La visión de Arata por conseguir esos documentos

Como país periférico en el extremo sur de América del Sur, Argentina y en la etapa inicial del invento de la fotografía, solo desempeñó el simple papel de país receptor del revolucionario invento; jamás tuvo ni remotamente, ninguna otra oportunidad de protagonismo mundial, de hecho, durante casi todo el siglo XIX los profesionales que trabajaron la fotografía aquí, fueron europeos y norteamericanos, pero... de pronto, un hecho fortuito, una compra casi milagrosa, puso hacia 1890 a la Argentina en el mapa fotográfico internacional.

Fue la adquisición en Alemania del contrato original y correspondencia anexa entre Niépce y Daguerre. Estos venerables documentos viajaron en navío por el Atlántico rumbo al Nuevo Mundo y desembarcaron en la pujante Buenos Aires, la ciudad que ya se perfilaba como la Atenas de Sud América.

En la metrópoli porteña Arata y un pequeño pero exclusivo círculo de amantes de la fotografía, todos dedicados a su expresión más alta, o sea la práctica amateur artística, estudiaron estos documentos como lo que eran, verdaderos tesoros documentales que descifraban los preámbulos de la mágica fotografía. 

Sabían, entendían perfectamente, que estaban frente a la verdadera acta de nacimiento de aquel invento grandioso que había revolucionado al mundo entero; ya habían pasado más de 50 años y el perfeccionamiento y progreso de la fotografía se hacía más y más vital en todos los órdenes de la vida civilizada, desde la fotografía microscópica hasta los registros astronómicos de la Luna.

Todo se inició hacia 1890, el año en que Arata recibió la oferta de un librero alemán por un conjunto de documentos que habían pertenecido al sabio francés François Arago. Entre ellos, había dos cartas de Niépce a Daguerre y tres documentos legales vinculándolos en la investigación de la fijación de imágenes.

Arata comprendió la importancia de los mismos y los encargó inmediatamente.

Tras la noticia desde Hamburgo que los documentos se habían vendido, Arata se resignó. Pero su proveedor no… Al mes Arata recibió sorpresivamente el envío de su fiel librero, quien le había recomprado a un colega dichos documentos. Finalmente, con esta documentación en su poder, Arata los investigó con minuciosidad, primero con respecto a su autenticidad, para lo cual tuvo que recurrir a bibliografía especializada, traída especialmente de Europa. Luego estudió los pormenores de la relación Niépce-Daguerre y publicó una reproducción facsimilar de los mismos originales con la ayuda de Francisco P. Moreno, el amigo de toda su vida. Esa publicación, realizada en el Museo de La Plata, fue enviada a los principales centros culturales de Occidente. El éxito al rescatar los documentos, que resultaron ser el juego perteneciente al mismo Daguerre, fue una realidad que dejó más que orgulloso a Arata y a los círculos fotográficos argentinos.  

Los documentos permanecieron en su bibliotec personal hasta su fallecimiento, en 1922.

La casona familiar, en Avenida Rivadavia, conservó la colección Arata hasta que los descendientes, sus hijos, decidieron donarla a dos instituciones a las que había estado vinculado Arata, mientras que Mario Pedro, unos de los hijos, conservó una parte, siendo el único de los hijos apasionado como el padre por la magia de los libros antiguos.

                                               

                                               

 

 

La Donación

Un documento fechado el 11 de diciembre de 1946 y firmado, entre otras personas, por los seis hijos de Pedro N. Arata entonces vivos, inicia la historia de la Donación Arata en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires. La única condición hecha explícita por los donantes fue: “…que esa Biblioteca sea conservada en su definida unidad, en la sección especial que se forme dentro del cuerpo de la Facultad y se distinga con el nombre de su fundador”.

En julio de 1968 la Facultad inauguró oficialmente la biblioteca, y al mes siguiente aparecieron algunas fotografías en la prensa de Buenos Aires. Pese a esto, la carencia de una catalogación adecuada y de personal especializado en obras antiguas determinó que la colección continuara siendo virtualmente desconocida e inaccesible.

La década de 1970 añadió incertidumbre. En 1972 la antigua Facultad de Agronomía y Veterinaria se escindió en dos nuevas instituciones, la Facultad de Agronomía y la de Ciencias Veterinarias, lo cual condujo a un dilatado proceso de división patrimonial. Puesto que la Biblioteca Arata era indivisible, en 1975 las autoridades de ambas facultades solicitaron al rectorado de la Universidad de Buenos Aires el traslado de la colección al Instituto Bibliotecológico de la Universidad, sin por ello renunciar a la propiedad conjunta. Este largo trámite, con ramificaciones que se prolongaron hasta 1986, no produjo ninguna consecuencia.

Por lo tanto la biblioteca continuó almacenada en su sitio original, que al cabo del proceso de división quedó bajo jurisdicción de la Facultad de Agronomía. Ésta asumió, de hecho, la custodia de la Biblioteca Arata, y a partir de 1988 se iniciaron gestiones en pro de su rehabilitación. Desde 1991 se asignaron pequeñas sumas al mejoramiento de la infraestructura y a la preservación de los libros, y en 1994 el Ing. Diego Medan inició la recuperación y catalogación del material no bibliográfico (fotografías y documentos). El nuevo siglo asistió a la aceleración del proceso de recuperación, con la puesta de la colección bajo control efectivo de la Biblioteca Central del Facultad (2004) y la designación de un curador de la Biblioteca Arata (2005).

 

 

El empeño de Roberto A. Ferrari en sacarlos a la luz

Como actividad paralela a mi profesión tecnológica, investigo sobre la historia del pasado científico argentino; miembro fundador de la Asociación Biblioteca José Babini y de la Biblioteca Histórico-Científica, miembro ejecutivo de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía (800 miembros), mantengo esta página web y soy autor de libros y artículos de la especialidad.

El conocimiento que tuve en el año 1980 de la extraordinaria obra de Arata y sus documentos me llenó de orgullo como argentino, pero, como investigador, pude calibrar con exactitud toda su enorme dimensión, lo que después trajo la pregunta que me llenó de preocupación, ¿dónde se encontraba este tesoro de la historia de la ciencia?

Pronto supe la respuesta... nadie sabía nada. Era un misterio completo; investigué en los círculos científicos e histórico-fotográficos, entrevisté a parientes de Arata y el resultado fue siempre el mismo, nadie tenía ni la más remota idea de donde se encontraban. Había quienes decían que se habían perdido o destruido, otros que habían viajado al exterior y así seguían las diferentes versiones. 

Argentina había tenido un papel protagónico hacia fines del siglo XIX y luego casi un siglo después, todo se había esfumado sin dejar rastros. Una terrible pregunta cruzó por mi mente, ¿éramos responsables de la perdida o destrucción de este tesoro?

De alguna manera y como investigador, lo asumí como un compromiso personal y en ese momento tomé la firme determinación de encontrarlos, ¡no iba a cejar en el empeño!

A partir de allí comenzó una verdadera odisea, la cual me enfrentó al desconocimiento casi total de las autoridades culturales sobre nuestro patrimonio, un desinterés generalizado, el complicado circuito de las colecciones públicas y privadas con sus códigos tan especiales y hasta la terrible maquinaria burocrática del Estado Nacional. 

Solo tenía en mis manos - como triste constatación - la edición realizada por Arata de estos documentos, publicado en francés y castellano, editada en los Anales del Museo de La Plata y que certificaban fuera de toda duda su autenticidad.

Desde mi formación tecnológica, y decidido a cultivar la bibliofilia en las ciencias, sin tener idea de los titanes que me habían precedido, en 1979 comencé a familiarizarme con los libros antiguos de ciencia. A mediados de 1980, conseguí mi primer libro que llevaba el ex-libris de Pedro N. Arata. Supe con el tiempo que la colección original se había dividido: dos partes donadas a instituciones y una parte que había quedado en poder del único hijo de Arata interesado por los libros y el pasado: Mario Pedro. Esta última parte, a su fallecimiento, se había vendido en el circuito anticuario en los años 70’. ¿Acaso allí habían estado estos documentos de la protofotografía?

Realicé contactos con familiares, con poseedores de documentos de la familia, con el librero que había adquirido parte de la biblioteca original, lecturas de periódicos y artículos de la época, en fin, mis búsquedas fueron en varias fuentes. Con el amigo y colega Abel Alexander discutíamos frecuentemente sobre mis tanteos y averiguaciones; siempre recibí su estimulante apoyo. Tuvimos una charla con Miguel Ángel Cuarterolo, quien recordaba el catálogo de un remate donde parecian citarse los documentos. Entrevisté a químicos que me habían precedido en el interés por Arata y que me dieron indicios. Varios intentos fallidos para visitar la colección que se conserva en la Facultad de Agronomía no me arredraron. Pasaron los decanos y llegaron los que se interesaban en el pasado de la Facultad y los bienes culturales que habían recibido en legado. Finalmente se me abrieron las puertas. Pero en los ficheros de la Biblioteca no aparecía lo que yo buscaba.

 

La colaboración de Diego Medan

Diego Medan es ingeniero agrónomo, investigador en su especialidad y Curador de la Biblioteca Arata.

Un amigo común nos puso en contacto y enseguida nos entendimos. Diego respetaba el material que debía custodiar y apreciaba mi interés. En un par de charlas le puse en conocimiento de lo que buscaba.

Poco tiempo después, Diego me informaba del éxito de la búsqueda. Los documentos que habían quedado olvidados por décadas, se conservaban, con algunos sellos más desde los tiempos de Arata, pero estaban, y en buen estado.

Luego de tres décadas e innumerables decepciones, mis esfuerzos fueron recompensados, la búsqueda había tenido un feliz desenlace, los documentos no se habían perdido ni enviado al exterior, habían estado absolutamente olvidados en la Biblioteca de la Facultad de Agronomía, dentro de la Biblioteca Arata.

¿Qué sentí? Alegría por el éxito de mi obstinada búsqueda a lo largo de años y satisfacción porque el contrato y los demás documentos no se habían perdido.

El apasionante Arata –de quien en octubre próximo se cumplen 160 años de su nacimiento- había logrado que su legado se preservara dignamente.

Enseguida la Facultad puso a nuestra disposición a su fotógrafo profesional y se reprodujeron los citados documentos.

Trabajamos juntos actualmente en un texto que reúna todos los documentos y su historia.

 

El tratamiento de los bienes culturales por el Estado

La Argentina del siglo XXI carece de algunos de los aspectos brillantes de la Argentina de 1880; uno de ellos es el proyecto cultural y educativo de aquella generación. El compromiso de los dirigentes argentinos del siglo XIX con el proyecto de país fue enorme, inimaginable desde la perspectiva de la política actual.

Mientras se fundaban escuelas y facultades, los intelectuales se comprometieron en una tarea de documentación y rescate del pasado nacional. Entre 1860 y 1960 surgieron las grandes colecciones y repositorios privados de libros y manuscritos. Bartolomé Mitre, Antonio Trelles, Pedro N. Arata, Lorenzo Parodi, Pedro Denegri, Estanislao Zeballos,  Andrés Llobet, Luis Dodero, Ernesto Fitte, Aldo Mieli, Juan A. Domínguez, Claro Cornelio Dassen, Baldemar Dobranich, Jorge Furt, son algunos de los bibliófilos que me vienen a la memoria. Muchas de estas colecciones fueron donadas al Estado, con la convicción de la realidad de su preservación y exhibición para las futuras generaciones. A partir de la decadencia como nación, la preocupación por nuestros tesoros culturales fue dejada de lado.

La colección Arata siguió las generales de la ley, y tuvo la suerte de quedar olvidada. Otras colecciones, más expuestas, han sido y son saqueadas. Quizás la humedad, los insectos y otros daños que generalizamos como producto del paso del tiempo hicieron impacto en la colección, pero el corpus se mantuvo intacto.

Hoy en día, son muchas las instituciones universitarias que atesoran bienes culturales, y entre las que más activamente lo hacen en Buenos Aires, podemos mencionar a la Facultad de Agronomía, con la colección que nos ocupa actualmente y a la Universidad de San Martín, que actualmente preserva y pone en valor la colección de Jorge Furt.

  

 

 

El esfuerzo actual por presentarlos y preservarlos

La Facultad de Agronomía ha conservado hasta el presente la Biblioteca Arata, donde se atesoran los miles de libros de la donación, así como los documentos de los que hablamos.

Fue y es un gran desafío, en una Argentina demorada en respetar y conservar sus bienes culturales. Confiamos que el pasado se preservará para el futuro, gracias a individuos conscientes del papel que juegan estos bienes en la identidad de una nación.

Francia no tiene ninguno de los dos ejemplares del contrato Niépce-Daguerre. Los azares de los bienes materiales y la dispersión de los mismos, llevaron a que parte del archivo de Niépce fuera a dar a Rusia, donde fue prolijamente clasificado, estudiado y reproducido en un estudio minucioso que culminó con un libro clásico de 1949 por el académico Torichan Kravets, y reeditado en 1979 en Estados Unidos.

 Hoy –y debido a este redescubrimiento- el mundo comprueba que la otra parte de la documentación, al menos parte del archivo de Daguerre, está salvaguardada y puede ser objeto de estudio por parte de los especialistas en la Argentina.

 

 

Contacto: roferrar@fibertel.com.ar

 

ENLACES

 

http://www.agro.uba.ar

 

http://www.museeniepce.com

 

 

 

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